Cómo asaltar el poder

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OCT
03
2018
Alejandro Vázquez Cárdenas Uruapan, Mich. En los países con democracias funcionales los cambios se dan por la vía del voto, el sufragio universal y secreto, mediante el cual, los ciudadanos, supuestamente informados, se deciden por alguna de las ofertas que proponen los diversos candidatos. Esa es la versión corta de un cambio democrático. Pero no siempre las cosas son tan sencillas.

En los últimos años hemos observado como determinados grupos, con propósitos bien definidos han logrado generar en varios países un clima de crisis permanente, real o aparente, con el deliberado objetivo de erosionar la imagen del gobierno y aprovechar las consecuencias para hacerse del poder.

La manera de lograrlo es relativamente sencilla siempre y cuando se cumplan determinados requisitos. Un grupo no muy grande pero si muy activo, con recursos económicos y con habilidades diversas, debe ser capaz de realizar o provocar actos de violencia para que los que los gobiernos, en cumplimiento de su función de salvaguardar el orden establecido, proporcione las necesarias y convenientes víctimas a las cuales de inmediato se les da categoría de mártires o cualquier otro título que haga referencia una "brutal represión" por parte del Estado.

Esto ha sido efectivo en varios lados, entre otros los casos de Fernando Lugo en Paraguay, Lucio Gutiérrez en el Ecuador y el boliviano Carlos Mesa.

El común denominador de estos cambios abruptos es la existencia de un estado de inconformidad generalizada; situación presente en aquellas sociedades donde la corrupción ha llegado a niveles de escándalo. Una condición necesaria para que funcione esto es la existencia de un mínimo Estado de Derecho para poder usar las mismas estructuras del gobierno y entonces "legitimar" el asalto.

El mecanismo es sencillo, lo primero que hacen los grupos interesado en derrocar un régimen es exacerbar una crisis ya existente; generar una cuando hay un Estado saludable es definitivamente improbable. Una vez identificado el "enemigo" en este caso el Estado corrupto, se propone un cambio radical para resolver a fondo los problemas.

Para lograr lo anterior son de enorme utilidad seguir las indicaciones de J. Goebbels, recordemos algunas.

Principio de simplificación y del enemigo único. Individualizar al adversario en un único enemigo.

Principio de la transposición. Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque.

Principio de la vulgarización. Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa

Principio de orquestación. La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, De aquí viene también la frase: "Si una mentira se repite lo suficiente, acaba por convertirse en verdad".

Principio de la verosimilitud. Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sonda o de informaciones fragmentarias.

Principio de la silenciación. Acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen el adversario con la ayuda de medios de comunicación afines.

Principio de la transfusión. Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales.

Principio de la unanimidad. Llegar a convencer a mucha gente de que piensa "como todo el mundo", creando una falsa impresión de unanimidad.

Para la aplicación de estos principios son necesarios profesionales de la desinformación y de la propaganda, una prensa a modo y recursos suficientes para atraer y mantener la atención de las masas.

La subversión, la guerrilla, los asesinatos políticos etc. en estos tiempos no funcionan. Ahora el ingreso a las estructuras del poder se dá por medio de la manipulación del voto. Y eso, en un país como México, con una población mayoritariamente iletrada, pésimamente informada y sin el hábito de lectura, es pan comido para un grupo de publicistas hábiles.

Asaltar el poder por medio del populismo demanda un liderazgo fuerte, capaz de cautivar a los ilusos. El líder populista es un personaje mesiánico que tiene soluciones para todos los problemas. Y ya que él interpreta la voluntad del pueblo bueno, sabe lo que debe hacer así tenga que violar derechos ciudadanos.

Finalmente estos individuos, ya en el poder buscaran cambiar las formas y leyes para asumir, en un nuevo marco constitucional, el poder que consideran les pertenece por completo e indefinidamente.

Mal asunto



Alejandro Vázquez Cárdenas

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