Culpables fuimos todos

Culpables fuimos todos
MAS DE POLITICA

López y su personalidad

El obsequio michoacano para Amlo.

Mas forma que fondo

La Reforma Fiscal que viene

Izquierda, ¿ya fracasó en México?
  
ABR
10
2018
Alejandro Vázquez Cárdenas Uruapan, Mich. El periodista Miguel Ángel Quevedo fue propietario y director de la revista cubana Bohemia, fundada a mediados del año 1909. En plena dictadura de Fulgencio Batista, Bohemia y su director apoyaron firme y decididamente la revolución castrista. Grave error. Fidel, en cuanto asumió el poder mostró su verdadera cara, la de un dictador intolerante; sin perder el tiempo expropió y clausuró periódicos, emisoras de radio, canales de televisión, teatros, Bohemia no fue la excepción.

Ante la imposibilidad de ejercer periodismo en su país y dada la persecución de que fue objeto huye al exilio, a Miami, donde el 13 de agosto de 1969, puso fin a su vida en la modesta vivienda que ocupaba.

Bohemia fue una verdadera revista de oposición, que a diferencia de las revistas de "oposición" mexicanas contaba con analistas de calidad y credibilidad Dicha revista contribuyó en buena parte al triunfo de Fidel Castro. Cuando Miguel Ángel se convenció de las mentiras del dictador y viendo convertirse a Cuba en un lacayo de la URSS, huyó de su país, y nunca se perdonó el papel que jugó en el ascenso de Fidel. Jamás se repuso de su error y el sentimiento de culpa lo llevó al suicidio.

Transcribo una parte de la carta de suicidio, por considerarlo un documento histórico de interés, sobre todo por el momento electoral que atravesamos en México, cuando tenemos un candidato potencialmente tan peligroso como Fidel Castro, aunque sin su inteligencia, un Mesías que ha polarizado a la sociedad y radicalizado a sus fanáticos seguidores. Un candidato que ha sido tratado con gran delicadeza por los medios masivos de comunicación, que celebran cada una de sus ocurrencias y minimizan o callan ante sus desvaríos.

"Sé que después de muerto lloverán sobre mi tumba montañas de inculpaciones. Que querrán presentarme como "el único culpable" de la desgracia en Cuba. Yo no niego mis errores ni mi culpabilidad, lo que sí niego es que fuera "el único culpable". Culpables fuimos todos, en mayor o menor grado.

Culpables fuimos todos. Los periodistas, que llenaban mi mesa de artículos demoledores contra todos los gobernantes, y vestían el uniforme de "oposicionistas sistemáticos". No importa quien fuera el presidente. Ni las cosas buenas que estuviera realizando a favor de Cuba. Había que atacarlos, y había que destruirlos. El pueblo también fue culpable. El pueblo que compraba Bohemia, porque Bohemia era el vocero de ese pueblo.

Fidel no es más que el resultado del estallido de la demagogia y de la insensatez. Todos contribuimos a crearlo. Y todos, por resentidos, por demagogos, por estúpidos, o por malvados, somos culpables de que llegara al poder. Los periodistas que conocieron la hoja penal de Fidel, su participación en el Bogotazo comunista, el asesinato de Manolo Castro, y su conducta gansteril en la Universidad de la Habana, y pedíamos una amnistía para él y sus cómplices en el asalto al Cuartel Moncada, cuando se encontraba en prisión.

Fue culpable el Congreso que aprobó le Ley de Amnistía. Y los comentaristas de radio y de televisión que lo colmaron de elogios.

Fueron culpables los millonarios que llenaron de dinero a Fidel para que derribara al régimen. Los miles de traidores que se vendieron al barbudo criminal.

Fueron culpables los curas de sotana roja que mandaban a los jóvenes para la Sierra Maestra a servir a Castro y sus guerrilleros. Y el clero, oficialmente, que respalda a la revolución comunista con aquellas pastorales encendidas, conminando al Gobierno a entregar el poder.

Fue culpable Estados Unidos de América, que incautó las armas destinadas a las Fuerzas Armadas de Cuba en su lucha contra los guerrilleros. Y fue culpable el State Department, que apoyó la conjura internacional dirigida por los comunistas para adueñarse de Cuba.

Todos fuimos culpables. Todos. Por acción u omisión. Viejos y jóvenes. Ricos y pobres. Blancos y negros. Honrados y ladrones. Virtuosos y pecadores.

Ojalá mi muerte sea fecunda. Y obligue a la meditación. Para que los que puedan, aprendan la lección. Y los periódicos y los periodistas, no vuelvan a decir jamás lo que las turbas incultas y desenfrenadas quieran que ellos digan. Para que los millonarios no den más sus dineros a quienes después les despojan de todo. Para que los anunciantes no llenen de poderío con sus anuncios a publicaciones tendenciosas, sembradas de odio y de infamia, capaces de destruir hasta la integridad física y moral de una nación, Y para que el pueblo recapacite y repudie a esos voceros del odio, cuyas frutas hemos visto que no podían ser más amargas.

Fuimos un pueblo cegado por el odio. Y todos éramos víctimas de esa ceguera.

Adiós, perdono con los brazos en cruz sobre mi pecho, para que me perdonen todo el mal que yo he hecho.

Miguel Ángel Quevedo"

Impresionante ejemplo de dignidad llevada hasta sus últimas consecuencias. "Dignidad" cualidad prácticamente inexistente en la fauna editorial mexicana.

Alejandro Vázquez Cárdenas


INICIO || CONTACTO
IMARMX .::. by Libre Venta .::. México