De las mayorías

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DIC
02
2019
Teodoro Barajas Morelia, Mich. La regla de oro de las democracias es la mayoría, la cual ejecuta la elite que temporalmente mantiene la hegemonía, nuestra historia reciente así lo pone de relieve, la organización política que ejemplifica a la perfección un caso paradigmático es el Partido Revolucionario Institucional que durante más de siete décadas fue una poderosa maquinaria que hacía la simbiosis con los gobiernos de su extracción.
En 1997 el PRI dejó la mayoría por primera vez en la Cámara de Diputados, ese mismo año también perdió al gobierno de la capital del país contra Cuauhtémoc Cárdenas, los signos de los tiempos ya resultaban adversos y un adelanto de la derrota estrepitosa del año 2000.
La victoria suele ser arrogante, excluyente y muy dada a propagar el virus de la soberbia; la historia de la humanidad nos narra muchos casos de esta índole desde aquel poema épico conocido como La Iliada hasta otros casos que detallan cómo terminaron los déspotas que supusieron que su reinado no tendría fin.
El caso mexicano es extraño, nuestra democracia está en maduración porque la transición política registra altibajos, ya tenemos alternancia desde hace no muchos años, aunque el sistema de partidos que es plural no es necesariamente competitivo porque las ideologías viven una evidente crisis. El pragmatismo ha minado la consistencia de los partidos hasta convertirlos en franquicia en busca de las coyunturas para asegurar la sobrevivencia.
Durante décadas se estilaron los fraudes electorales, fueron comunes en el antiguo régimen, probablemente el de 1988 fue el más escandaloso aquel 6 de julio en que se cayó el sistema de cómputo, la factura se le endosó al entonces secretario de Gobernación Manuel Bartlett que para aquellas fechas era un cuadro distinguido del Partido Revolucionario Institucional.
Es conveniente que los órganos autónomos hagan un papel fundamental para el proceso de maduración democrática, en México se necesitan los contrapesos, los equilibrios y un árbitro electoral garante de la equidad y los valores de la democracia. El Instituto Nacional Electoral no debe ser minado en sus fortalezas, no es el momento, ni lo será jamás, de retroceder.
La retrogradación no es aceptable ni natural.
En tanto, observamos y escuchamos el lenguaje de Babel que suelen aplicar los actores políticos tan proclives a la crispación, aunque en muchos casos estén huérfanos de ideas auténticas, la retórica palidece ante la andanada de exabruptos y manifestaciones de autosuficiencia que reflejan una gran ausencia de sensibilidad y empatía como sucedió en el caso de la senadora que fue cruel con los padres de los niños con cáncer que protestaron por la eliminación del seguro popular.
La democracia a la mexicana no se robustece aunque se haya alcanzado la alternancia, falta una auténtica rendición de cuentas, también hace falta que la transparencia sea una constante. Es imprescindible que no se violente el derecho a saber de la sociedad.
Aún falta una condición imprescindible para que la democracia mexicana adquiera un nuevo rango de funcionalidad: que vivamos en un verdadero estado de derecho.


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