Dos años después

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JUL
12
2020
Teodoro Barajas Morelia, Mich. Ya transcurrieron más de dos años de una sonada victoria electoral del presidente Andrés Manuel López Obrador, iniciaba julio del 2018 con una novedad esperada porque durante todo el proceso las encuestas lo situaban a la cabeza, nunca dejó de ser el puntero. Entra las causas de la apabullante victoria destacaba el repudio a la administración de Enrique Peña Nieto, los escándalos de corrupción, la impunidad y opacidad causaron estragos que encontrarían el blanco perfecto contra su partido el PRI, cuyo candidato José Antonio Meade fue derrotado contundentemente, aunque el entonces abaneado del tricolor no era militante de dicha formación.
El tiempo avanza, la realidad en nuestro país ha tomado distancia de lo acontecido hace un par de años, nadie previó la avalancha que representa la pandemia del coronavirus, se trata de un imponderable que rompió la vida cotidiana y arrebató, por asalto, la vida sosegada en muchas partes del mundo para dar paso a una tragedia que aún hoy no concluye.
Los estragos de la pandemia del Covid-19 no son los únicos males, ya la violencia desbocada ha llegado a un grado superior, en las últimas semanas el estado de Guanajuato ha sido una tierra disputada por los grupos de la delincuencia que han dejado una estela de verdadero horror.
El mapa de México, más allá de la coloración de los semáforos para efectos de la nueva normalidad, se ha pintado de rojo intenso porque la inseguridad se volvió omnipresente. Las tácticas y estrategias de las últimas administraciones gubernamentales fueron fallidas, los fracasos se fueron acumulando, frenarla, confrontarla y derrotarla debiera ser concebida como la principal prioridad. No obstante, los resultados están ausentes en la actualidad.
La seguridad pública, además de la reactivación económica debieran ser concebidas como prioridades porque los índices delictivos afectan los bolsillos de la sociedad, además la pérdida de empleos como consecuencia de la pandemia sanitaria agravan el cuadro.
Ya transcurrieron dos años de la victoria del presidente López Obrador, las expectativas fueron altas aunque los resultados han sido cuestionables, el mandatario debiera asumirse como de todas y todos no sólo de sus correligionarios, no caben sectarismos ni exclusiones. Los problemas de México los tenemos a flor de tierra.
La crispación no es lo que necesita un país que parece desbordarse por la vía de la inseguridad, la descalificación sistemática con la pretensión de anular a la disidencia no es la mejor muestra para convocar a la unidad nacional.
En algunos sectores de la población el desencanto es evidente, parece que los partidos políticos administran mezquindad en medio de una orfandad ideológica, optan por el pragmatismo y por las mismas fórmulas fracasadas de los últimos tiempos.
El presidente López Obrador está a tiempo para entregar resultados, también para no omitir la autocrítica, ningún gobernante es perfecto ni procede de la divinidad, la soberbia no es el camino para la superación. El presidente cuenta con una legitimidad de origen, es tiempo de respuestas no de la crispación que obnubila.


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