Escépticos, desconfiados e indignados.

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JUL
09
2017
Julio Santoyo Morelia, Mich. El fracaso del gobierno para atender exitosamente problemas como el de la seguridad, la corrupción y los derechos humanos, que son tema recurrente en la agenda nacional desde hace décadas, ha generado en una amplia franja de la sociedad mexicana una actitud de rechazo abierto y desconfianza insuperable hasta ahora contra la clase política. Los juicios más ácidos contra exponentes de todo el abanico de las expresiones políticas se desgranan a diario en los medios, en las redes sociales y en las conversaciones personales y foros sociales.
En gran medida están quebrados los vínculos de confianza que deben prevalecer entre gobernantes y gobernados, entre la clase política y la sociedad. Esta ruptura es una pésima noticia para la legitimidad de cualquier gobierno que ha sido electo y que será votado en el futuro inmediato mientras no se supere esta deplorable condición. La descomposición resultante de actos corruptos, de ineficacias en el diseño y operación de políticas públicas, el distanciamiento del diario palpitar de la población, la entrega de los gobiernos a los poderes fácticos que terminan destrozando la capacidad representativa para ganar el favor de los dueños del dinero, obstruyen a diario la empatía entre gobierno y sociedad.
Por eso la confianza de los mexicanos en la democracia también se ha desvanecido. La gente espera que la democracia le acarre beneficios, que mejore su vida. Ha creído que la alternancia, que la libre elección, y que la existencia de la pluralidad, serían condiciones positivas para que al fin México llegara a estadíos en que la vida de sus habitantes fuera mejor. Pero cuando sólo ratifica a diario que fenómenos monstruosos como el de la corrupción y el de la inseguridad se profundizan y que los gobiernos se muestran incapaces para combatirles, la sospecha y la indignación crecen y emergen percepciones que aseguran que una salida autoritaria desde el gobierno sería más eficiente que la complejidad de los mecanismos del acuerdo democrático.
La desconfianza en la clase política que hoy campea se ha hecho extensiva a nuestro sistema democrático. Se cuestiona a los malos políticos tanto como se cuestiona al sistema que nos hemos dado para elegir. En un sólo paquete de rechazo se está poniendo a actores y fundamentos democráticos. Se cree incluso, con razón o sin ella, que nuestros fundamentos son también causa de la descomposición en curso, que en ellos está el origen de comportamientos corruptos y de ineficacias.
No sería nada extraño que la sucesión del 18 sea la ocasión para el embate de propuestas autoritarias, como ya ha ocurrido en otras partes del mundo o en nuestras cercanías en América del Norte y en América del Sur. El péndulo histórico entre autoritarismo y democracia que se ha visto en las últimas décadas está ahora en movimiento, y parece que empuja hacia el autoritarismo de derecha y hacia el de izquierda. Y podría encontrar eco entre la población indignada, que cruza a todos los sectores sociales, si le representa una fórmula simple y cierta para "terminar" con los apocalípticos jinetes que nos atormentan.
Sin confianza política cualquier gobierno procederá de una elección de minorías y actuará contra la desconfianza de las mayorías, esa es nuestra realidad mexicana. ¿Por dónde empezar para resolver este embrollo? La iniciativa, nos guste o no, debe proceder precisamente de lo mejor que queda de la clase política, incluida la propuesta ciudadana que cuando hace política pasa a ser parte de la clase política. Y la tarea supone actos de congruencia tozuda entre el decir y el hacer, entre los programas políticos consensuados con la sociedad y la ejecución irreversible de políticas públicas para lograr metas precisas. No hay otra manera de ganar confianza que haciendo cosas confiables de cara a la sociedad y con la sociedad. Queremos que la clase política gane la confianza, pues bien, tendrá derrotar a la corrupción, y tendrá que derrotar a los carteles de la delincuencia.
Si no existe esa iniciativa México seguirá dando tumbos en la pendiente de la descomposición. Y con facilidad va a encontrar eco el discurso autoritario en detrimento de los modestos avances que como nación hemos tenido en el campo de la democracia.


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