La Ley

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El huevo de la serpiente.

Acechados por el crimen.
  
FEB
14
2021
Teodoro Barajas Morelia, Mich. En este tiempo incierto por la pandemia de la Covid-19 se conmemoró el pasado 5 de febrero el aniversario de la promulgación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, el debate se ha tornado cíclico en torno a convocar a un nuevo congreso constituyente para establecer una nueva ley fundamental que responda a la actualidad con sus retos y grado de complejidad.
Desde hace muchos años se escuchan diversas voces en el ámbito académico y político acerca de la pertinencia de una nueva constitución, la actual registra cientos de reformas, cada presidente de la república cree que ha llegado la hora de reinventar México e inicia con las reformas a nuestras leyes.
Ha sido nuestra ley fundamental un muestrario interminable de las edades, circunstancias y traumas de México. De aquella tarde vivida el 5 de febrero de 1917 a nuestros días los trances son diferentes, acaso lo que permanece igual es la condición humana que resulta inalterable y es la maldición de la política.
Es evidente el déficit que tenemos en materia de justicia como lo es, en contraparte, una robusta impunidad que se expresa cotidianamente de diversas maneras: crimen organizado, corrupción, incremento de homicidios dolosos y un largo etcétera. Los poderes fácticos y sus dentelladas para cercenar tejido social. Ilegalidad
Nuestra Constitución ha sufrido desde su promulgación una kilométrica lista de enmiendas, adiciones y cambios que en algunos casos obedecen a situaciones plenamente justificadas, en otros son el reflejo caprichoso de la voluntad del poderoso, tentación a la que los mandatarios no se resisten.
Dos momentos se vivieron en materia de nuestra Constitución Política, en primera instancia hablamos del siglo XIX y la generación eminente de la Reforma de 1857 para sentar las bases del Estado laico, una visión de estadistas caracterizó a los titanes de entonces. El michoacano Melchor Ocampo brilló con luz propia para introducir a nuestro país por un camino proyectado a la modernidad para sacudir de una vez por todas las brumas espesas de la superstición medieval.
La Constitución de 1917 promulgada en Querétaro, particularmente en el teatro Agustín de Iturbide ahora llamado de La República, llegó en un momento crucial cuando los caminos de herradura de México aún destilaban la sangre revolucionaria en el forje de caudillos, en férreo combate por el poder temporal, tal fue la narrativa de la época.
El contenido del documento constitucional en 1917 reconoce derechos universales, ratifica la educación laica, reitera la separación iglesia-Estado; el artículo 123 demuestra la bondad con la clase trabajadora. Se trató de un compendio legal moderno para el momento, que en estos tiempos difiere mucho del originario. Ahora vivimos en la posmodernidad, en la que destella el poder de lo efímero.
Más allá de los debates, convenientes habrá que decirlo, que se suscitan con frecuencia entre quienes hablan de introducir más reformas o de los que exigen un nuevo constituyente, el asunto toral está en cumplir con la aplicación de la norma.
La impunidad implica que no existe la aplicación de castigo, la procuración y administración de justicia en nuestro país son elemento nebulosos, más allá de pronunciar estentóreos discursos a favor de un nuevo constituyente lo fundamental es asumir a plenitud la responsabilidad. Se trata del "evangelio laico escrito por hombres libres", como se puede leer en el epitafio de los constituyentes de 1917.



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