La mayoría imposible

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ENE
07
2018
Julio Santoyo Morelia Mich. Hace tiempo que México pasó de ser un país con un partido mayoritario y se convirtió a bipartidario, más allá de la constelación de pequeños partidos que nunca crecieron arriba de 5 puntos. Se llegó a pensar hace 20 años que el futuro político del país sería el bipartidismo y se dijo incluso que un modelo de dos partidos podría serle útil a la democracia mexicana. Al paso de los años los resultados electorales y las alternancias políticas configuraban una nación tripartidista. Se dijo entonces que la triada partidaria obligaba a la constitución de nuevas mayorías parlamentarias y a mantener una competencia sana para lograr gobernabilidades dinámicas.
En los últimos meses es claro que la idea de dos o tres partidos fuertes, mayoritarios, se ha esfumado, que la emergencia de nuevos partidos e incluso líderes independientes, con importantes márgenes de votación, es la tendencia y que esa nueva realidad es la que definirá los escenarios para la elección federal de este año. Difícilmente algún partido o algún líder independiente podrá alcanzar ya no se diga la mayoría nacional, ni siquiera la mayoría electoral.
Está visto que ningún partido, ningún independiente, podrá alcanzar aunque aspire a ello, a lograr más del 50% de los electores para afirmarse el 1 de julio como la única fuerza con autoridad para decidir el rumbo y la constitución de su gobierno. Quien gane lo hará irremediablemente con una minoría electoral que ronde un poco más de 30 puntos frente a una mayoría opositora de 60 o más puntos.
Es altamente probable que tengamos un ganador de minoría electoral y perdedores que en conjunto representen la mayoría opositora. La fragilidad de un escenario así podría desencadenar numerosos efectos poco alentadores para el funcionamiento del gobierno de la república. Quien gane tendrá necesariamente que encarar la urgencia de integrar un gobierno de coalición, que sobre la base de un programa básico para atender los grandes problemas nacionales, pueda emprender el camino de la relegitimización y alcanzar por este medio la mayoría social para asegurar la gobernabilidad.
Por esta razón es que es abiertamente suicida, o por lo menos estéril, la estrategia de odio que ya se asoma en algunas campañas, creyendo que envenenando y cultivando el rencor puede ser el medio para empujar a los electores para que se aglutinen en torno a la quimera de una nueva mayoría electoral, olvidando que la fragmentación de las preferencias políticas es una tendencia que no tiene retroceso.
La fragmentación de las preferencias no sólo se corresponde con el desgaste de la política como actividad que ha perdido honorabilidad y de los políticos que han perdido decoro, también se corresponde con la democracia como sistema que no produce los resultados que la sociedad espera. También va de la mano con una crisis que atraviesa a los valores de la civilización contemporánea, en donde la confusión entre creencias del pasado, nuevos fenómenos del presente y la incertidumbre del futuro obscurecen la perspectiva crítica de los liderazgos que las sociedades necesitan para gobernarse de la mejor manera. En donde algunas sociedades del mundo creen que los populismos, los fascismos, la "democracia de masas", los liderazgos carismáticos, aunque estúpidos, o la locuacidad profética ajena a toda consistencia del sentido común, pueden ser, a la hora de la desesperanza, la solución ante el enojo social.
Si antes el país no colapsa por la confrontación de sus minorías y su frustración por no obtener la mayoría nacional, que les impida constituirse en gobierno de un sólo partido para imponerse a las restantes minorías, los líderes y sus partidos deben considerar la reflexión que les lleve a tener desde ahora una propuesta para construir un gobierno de coalición que les permita, por esa vía alcanzar la mayoría nacional, la legitimidad y las condiciones operativas para echar a andar el nuevo gobierno.
Alcanzar la "mayoría" nacional o electoral como hace dos décadas o como hace apenas 6 años es una condición que ha dejado de existir. A las actuales minorías no les alcanza para imponer ni todo su programa, ni todo su gabinete, ni toda su agenda legislativa. Por más que se repudien, si no quieren conducir al país a la catástrofe, necesitarán de amplios acuerdos para gobernar, para legislar y para atender la difícil agenda que los ciudadanos demandan. Así que deben comenzar desde ahora, deben construir a través de las precampañas y las campañas electorales los trazos de lo que deberá ser ese nuevo gobierno, en donde la gobernabilidad dependerá no de tres expresiones políticas sino de 5 o 6. Prever esta realidad futura es una responsabilidad que nuestros políticos deberán asumir desde ahora si no quieren ser absolutamente rebasados.


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