Mejor haga uso de la razón

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JUN
10
2018
Julio Santoyo Morelia, Mich. Alguien levantó la mano y solicitó hacer uso de la palabra. Era una reunión en donde las deliberaciones no aportaban argumentos sustanciales, así que otro asistente increpó con fineza y sarcasmo, ¡mejor haga usted uso de la razón! Había acertado, aquella reunión había tomado el camino de lo superficial y de las emociones que el momento ocasionaba. Nada bueno para tomar decisiones serias.
En las campañas electorales pasa lo mismo, pero sin medida. Los electores terminan convertidos en voraces consumidores de propuestas superficiales. Sin que siquiera lo puedan reconocer terminan intoxicados por la catarata de mentiras que los políticos de todos los partidos repiten infinitamente a costa de los miles de millones de pesos que pagamos los contribuyentes. Les pagamos para que nos manipulen. Duro pero cierto.
Una campaña electoral privilegia las emociones del elector antes que la razón. Las emociones son epidérmicas y son la sombra más oscura que empaña el entendimiento. Esto lo saben perfectamente los políticos y sus estrategas de mercadeo. Antes que razones críticas, que puedan contribuir a contrastar, a valorar, a discernir, mejor el flechazo emocional, darle al ciudadano por el lado de sus decepciones, frustraciones, enojos, y esperanzas ... muchas esperanzas.
Las campañas en curso son certámenes de paraísos vendidos como los productos milagro. Que hacen que uno se pregunte, y si todo eso es posible por qué entonces no lo hemos tenido antes. Para nada es creíble que quienes ya nos gobernaron hayan sido tan estúpidos como para haber negado ese paraíso a sabiendas que con su realización se habrían arraigado en el poder.
Para que las instituciones del Estado mexicano funcionen se necesitan los impuestos. La riqueza no sale de la nada o como el maná bíblico. Todos los candidatos son comedidos en decirnos en qué quieren gastar los ingresos nacionales pero ninguno nos dice que para que el gobierno gaste se necesita cobrar impuestos. Y mientras más se gaste más impuestos se deben cobrar. Y hasta existen candidatos que ofrecen disminuir los impuestos o cobrar menos por los servicios del Estado.
En todo esto hay un gran engaño. Muchos engaños. De hecho en esta elección la mentira ha triunfado rotundamente sobre la verdad. Las emociones, ese dulce sopor que adormece la conciencia pública, impide que los ciudadanos tomen en sus manos la calculadora, un lápiz y una hoja de papel, para hacer las operaciones básicas de la suma, la resta, la multiplicación y la división. Estos instrumentos elementales aplicados a las propuestas electorales son suficientes para desenmascarar las imposturas. Y si los ciudadanos fueran al encuentro de su sentido común, muchas otras de las "ofertas" electorales serían desenmascaradas.
Pero la ola emocional no lo permite. Vale más una descalificación, un meme, una calumnia, un estribillo moralista, que la serenidad de la razón. Si la mentira electoral calificara como delito para impedir la elegibilidad de candidatos, este país tendría que declararse ausente de gobernantes. Es una paradoja que las sociedades busquen la eficiencia de sus gobernantes a la vez que su sistema democrático permite, sin consecuencia alguna, el empleo irrefrenable de la mentira para hacerse del poder.
La formación de ciudadanía ha perdido mucho en esta campaña. Ha sido llevada mansamente al terreno del fanatismo y del odio y ha sido alejada de la razón y de la verdad y por lo tanto de la independencia crítica. La partidocracia -todos absolutamente todos-, han consolidado su poder de manipulación sobre los ciudadanos. La partidocracia seguirá representándose a sí misma como lo ha venido haciendo hace años, los electores son el medio no el fin. Este es ya un hecho consumado que no espera su ratificación el 1 de julio.
La participación cívica permanente, ese garbanzo de a libra, que se niega a crecer en nuestro país, podría modificar los escenarios y colocar a los políticos en una perspectiva distinta: más exigencia, más control, más resultados, mas hechos, más verdades. Aún no logramos salir de ese espacio de comodidad que nos ha construido el sistema durante décadas, desde el cual asumimos que la cosa pública y el destino de nuestro bienestar dependen solamente de los gobernantes. Esa es una traba esencial para nuestro crecimiento democrático y para consolidar una ciudadanía crítica de frente al poder.
Hacer uso de la razón antes que de las emociones dotaría a los ciudadanos de un empoderamiento ante la cascada de falsedades de los políticos y los forzaría a modificar su relación con nosotros. Pero es un propósito que parece hasta ahora, por infortunio, fuera de la cultura política del momento.


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