No avivemos la hoguera.

No avivemos la hoguera.
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NOV
04
2018
Julio Santoyo Morelia, Mich. De por si la campaña electoral para elegir presidente de la república estuvo marcada por las expresiones de odio. Se dijo que esa tonalidad, si bien preocupante, formaba parte de una contienda, que dadas las condiciones de México, era de esperarse debido a la pérdida de credibilidad en la clase política por su permanente desfiguro. Sin embargo, lo que entonces eran sólo pincelazos de rencor, que dieron cierto color a la disputa electoral, parecen desplegarse ahora como tendencias sólidas que caracterizarían al nuevo gobierno.
La democracia tiene sus propios medios, por cierto muy sanos por dondequiera que se les mire, para resolver las transiciones de poder y el ejercicio del gobierno por más complejos que estos sean. Lo peor que puede ocurrir es que los medios democráticos sean abandonados y finalmente rebasados por el prejuicio, el odio y el avasallamiento. Sin la observancia del estado de derecho no hay régimen democrático que se sostenga porque las medidas del gobernante no alcanzarán la legitimidad que necesita para hacerse valer con todas las partes que intervengan en cualquier diferendo. Sin el estado de derecho de por medio, toda acción gubernamental corre el riesgo del voluntarismo personalista, que es el punto de partida de la tiranía. Sin el respeto a los diferentes y a las minorías la idea de democracia ni siquiera vale la pena mencionarla. Una democracia sana se valora por la manera en cómo un régimen incorpora a sus minorías, del tipo que sean, y por la capacidad de construir consensos para el ejercicio del gobierno. El reconocimiento de las minorías está estrechamente relacionado con el respeto a la libertad de pensamiento y de asociación, vaya con la idea de libertad, por eso su avasallamiento, censura o persecución representa la muerte de la democracia.
Cuando se quiere la democracia se quieren todos los medios que le son propios. Es la manera en que una sociedad civilizada reconoce que en su seno existen diferencias, de la naturaleza que sean, nos gusten o no, y que con ellas deben construirse consensos y el gobierno mismo. Otra vía distinta supone la extinción de quien es diferente, su no reconocimiento, lanzando anatemas contra los distintos o satanizando a los adversarios-diferentes. De eso está plagada nuestra historia.
Causa enorme preocupación que la clase política, como ya lo ha demostrado en otros momentos de la historia reciente del país, abandone todo sentido de prudente responsabilidad, y aborde los espacios públicos con discursos prejuiciados y de odio para expresar sus discordias. No tienen el mínimo cuidado para evitar que la sociedad mexicana se involucre en una espiral de confrontaciones que pueden llegar muy lejos, tan lejos como la violencia social. Ni las instituciones mexicanas ni los vínculos que nos cohesionan como sociedad son tan maduros y fuertes que puedan resistir el ácido del odio y las convocatorias al arrasamiento del diferente.
Los problemas que tiene el país en verdad que son complejos y no encontrarán solución en el corto plazo. Son grandes problemas frente a los cuales los gobiernos tienen responsabilidades precisas, pero también frente a los cuales los ciudadanos tenemos responsabilidades que atender, y que debemos tener muy claras. Pero estos problemas deben ser abordados primero en el marco del estado de derecho, con el concurso de científicos y técnicos experimentados en cada una de las áreas, desde luego con acciones de comunicación que permitan el máximo conocimiento de los ciudadanos, con la voluntad ponderada por la eficacia política de quienes ejercen el gobierno, con el concurso de los diferentes en los espacios de representación y en todos los espacios de concurrencia social, y con el estilo propio de los demócratas: subordinados a las instituciones, a la ley, y a los principios de paz y concordia nacionales.
No avivemos la hoguera de la discordia con el odio hacia los otros. Quien diga que habla en nombre de la verdad miente y termina buscando el arrasamiento del otro; quien diga que su preferencia política es la única digna y válida camina hacia el totalitarismo; quien diga que es el único honesto y puro está mistificando la política, terminará derrotado por su ingenuidad y candidez; quien mire a sus líderes políticos como dioses debería hacer el básico ejercicio para diferenciar su religiosidad de su pensamiento político, confundirse es sumamente peligroso, y frustrante.
No debe ser a través de los "argumentos" de odio como deban promoverse las opciones de política pública. El odio es el consejero más oscuro e insaciable de los pueblos, no sólo termina con el interés por la paz, conduce a los arsenales y a la sangre. Se requiere mucha insensatez y nula memoria histórica para emplear estos métodos. Y políticamente es el medio más contraproducente para construir una país fuerte, en el más amplio sentido de la palabra, pues del odio sólo crece la fractura social permanente, nunca el bienestar.


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