Rectificación no es derrota.

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FEB
11
2019
Julio Santoyo Morelia, Mich. Ningún pensamiento o acción humana es infalible frente a las realidades que se quieren transformar. Toda pretensión de política pública es falible en diferente medida. Algunas políticas resultan ser muy buenas, otras califican como buenas, otras de plano son malas y otras definitivamente son catastróficas. Por eso la virtud del político que tiene bajo su responsabilidad la administración de la cosa pública, debe ser la prudencia altamente informada para decidir el cómo, el cuándo, el con qué y el con quién. Debe saber reconocer las políticas buenas y estimularlas pero también identificar las malas y suprimirlas o corregirlas.
Es buena cualidad que el político sea osado, siempre y cuando la osadía vaya acompañada de una capacidad analítica tal que le ofrezca al que decide la oportunidad de tomar el mejor camino y más que eso incluso le permita rectificar cuando los costos negativos, en todos los sentidos, sean mayores que los beneficios, y no sólo los públicos sino también los que pueden debilitar la fuerza y la credibilidad de quién ejerce el poder.
La política moderna supone necesariamente la colaboración de capacidades cuando se gobierna. Es imposible que una sola persona pueda tener bajo su dominio los conocimientos y capacidades de todos los asuntos públicos y de todos los conocimientos técnicos que están involucrados en la administración de los asuntos de una nación. La colaboración-objeción de los poderes en una república democrática son cruciales para la depuración y respaldo de las decisiones de política pública y la concurrencia de los gabinetes son determinantes para que en función de ello se apliquen conocimientos y capacidades especializadas. Sin esta trama bien coordinada de esfuerzos especializados cualquier política pública puede llegar al fracaso.
La falibilidad de las políticas públicas es una condición que le viene de origen. Una realidad mal diagnosticada, un cálculo inadecuado de los recursos financieros, una percepción distorsionada de los factores sociales, una valoración imprecisa de los tiempos para echarla a andar o el entusiasmo sobredimensionado del gobernante puedan dar pie al fracaso, a la impugnación política y al fracaso del político.
Se pueden tener las mejores intenciones cuando se gobierna y tener hasta las bendiciones espirituales. Se puede tener la mayor parte del apoyo social y hasta la fe ciega de los electores iníciales, pero si la política pública adolece de los factores de realismo crudo y seco que debe contener, los resultados serán adversos y el gobierno más temprano que tarde será emplazado primero y luego juzgado con severidad.
Toda política pública implica el consenso. Es verdad que obtener una mayoría importante en la elección cuenta mucho. Pero cuenta mucho más la capacidad para generar recurrentes consensos con las diversas visiones que existen en la sociedad, por divergentes que parezcan al que ostenta el poder. Hace mucho tiempo que la realidad mexicana hizo sentir la verdad de que en política no existen cheques en blanco producto de una elección. Esa realidad mexicana ha construido un mensaje muy claro: los apoyos son relativos, jamás absolutos. Los que hoy apoyan y matraquean son los que mañana abuchearan y lincharán.
Cuando un gobierno promueve la confrontación como estrategia para alimentar el fervor popular para su causa, construye imprudentemente su némesis porque radicaliza a sus opositores y los hace resistentes a la construcción de consensos. Por esa vía sólo se llega al despotismo y a la dictadura, no se construye democracia republicana. Nunca se amarran consensos sanos cuando se tiene sobre el pescuezo del adversario las manos del linchamiento político. Constituir una política pública con estos valores es tanto como establecer una fábrica de pólvora junto a los ductos de gasolina. Los valores que alimentan la concordia social son materia prima altamente fértil para diseñar y operar políticas públicas exitosas. Y más exitosas si esto se acompaña de un gran apoyo social. Todo depende de cómo el que gobierna integra virtuosamente estos componentes.
Antes de que cumpla 100 días el gobierno de la república debería entrar en un proceso sincero de autoanálisis. Es preciso que rectifique, que revalore las realidades, los recursos, los efectos económicos y sociales, de sus políticas públicas, principalmente en materia de seguridad pública, seguridad social, medio ambiente, política internacional, generación de riqueza y empleo. Rectificar no es asumir derrotas. Rectificar es buscar la máxima eficiencia y eficacia para fortalecer la gobernabilidad y el desarrollo del país. Grata sorpresa nos diera este gobierno si así lo hiciera, fue algo a lo que jamás se atrevieron los gobiernos previos porque suponían altaneramente que habían sido electos para no equivocarse. Estuvieron equivocados en muchos temas y así nos fue.


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