De la democracia a la obediencia, México y la autocracia.Alejandro Vázquez Cárdenas, 13/01/2026
Uruapan, Mich.
La democracia no desaparece de un día para otro. No suele hacerlo entre tanques y golpes de Estado, sino entre aplausos, discursos moralistas y reformas "legales". México, bajo el régimen de la Cuarta Transformación, comienza a parecerse peligrosamente a ese modelo de degradación democrática que ya conocemos en otras latitudes. No es alarmismo: es historia comparada.
Conviene llamar a las cosas por su nombre. La autocracia es un sistema donde el poder se concentra en una persona o en un grupo reducido, sin contrapesos reales. A diferencia de la dictadura abierta, que gobierna por la fuerza y sin máscaras, la autocracia moderna conserva elecciones, parlamentos y tribunales, pero todos funcionan subordinados al poder central. El ciudadano vota, pero no decide; las instituciones existen, pero no limitan.
Este fue exactamente el camino seguido por Venezuela. Hugo Chávez llegó al poder por la vía democrática, con una narrativa redentora y una promesa de justicia social. Poco a poco, desmanteló los contrapesos, sometió al Poder Judicial, persiguió a la prensa crítica y militarizó la administración pública , y de paso heredó el poder a un tipo inculto y prepotente ¿Las consecuencias ? Ya las vimos en estos días pasados.
Nicaragua ofrece una versión aún más cruda del mismo proceso. Daniel Ortega regresó al poder mediante elecciones y, desde ahí, desmontó sistemáticamente la democracia. Control del Congreso, captura de tribunales, criminalización de la oposición, encarcelamiento de periodistas y líderes sociales. El resultado es un régimen policíaco donde el miedo sustituye a la ley y la obediencia se impone como virtud cívica.
En Hungría, Viktor Orbán ha demostrado que la autocracia también puede vestirse de legalidad europea. Sin cerrar elecciones ni abolir el Parlamento, concentró el poder, debilitó la prensa independiente, capturó al Poder Judicial y reformó las reglas del juego para garantizar su permanencia. Orbán lo llamó "democracia iliberal". En la práctica, es un sistema donde el poder ya no se somete a control alguno.
México no es idéntico a ninguno de estos casos, pero las similitudes son cada vez más inquietantes. El ataque a los organismos autónomos, la captura del Poder Judicial, el uso del Congreso como oficialía de partes del Ejecutivo y la estigmatización cotidiana de la prensa crítica replican patrones ya conocidos. Todo se justifica en nombre del "pueblo", concepto convenientemente definido por quien gobierna.
Uno de los rasgos más preocupantes es la militarización. Como en Venezuela, las fuerzas armadas han asumido funciones civiles, administrativas y económicas. No se trata solo de seguridad pública, sino de control territorial, obras estratégicas y manejo de recursos. Cuando el poder político se apoya crecientemente en el aparato armado, la frontera entre gobierno civil y coerción se vuelve peligrosamente difusa.
Las semejanzas con un Estado policíaco no son casuales. Vigilancia selectiva, uso político de la ley, investigaciones oportunas contra críticos, intimidación administrativa y fiscal. No hace falta encarcelar masivamente para imponer disciplina; basta con demostrar que el poder puede hacerlo si lo desea. El miedo, una vez instalado, se encarga del resto.
¿Y qué futuro le espera a un país que cruza ese umbral? Ninguno alentador. Las autocracias prometen orden, pero entregan estancamiento. Prometen justicia, pero producen corrupción. Prometen soberanía, pero generan aislamiento. Venezuela perdió su economía, Nicaragua su libertad, Hungría su pluralismo. México no sería la excepción.
Las consecuencias son profundas: deterioro económico, fuga de capitales y talento, mayor polarización social, debilitamiento del Estado de derecho y normalización del abuso de poder. Recuperar la democracia, una vez erosionada, siempre es más costoso que defenderla a tiempo.
La lección es clara: ningún país cree que va a caer en la autocracia hasta que ya es demasiado tarde. Todos pensaron que "no era para tanto", que "exageraban", etcétera, pero la historia demuestra que las intenciones no importan cuando el poder deja de tener límites.
Sinceramente no se si México aún está a tiempo. Pero el reloj corre. Y en política, cuando el silencio se vuelve prudencia y la obediencia se confunde con lealtad, la democracia ya está en retirada.
Alejandro Vázquez Cárdenas